
Termina en el cementerio de los Elefantes.
Han pasado diez años desde aquella mañana de Sábado en que le vi el pecho a mi tía Isa, mi madrina. Tenía el pezón hundido. Mamá le recomendó, le urgió a que fuera al médico.
Fue rápido, pero ya no tenía solución.
El cáncer de mama había hecho mella en su organismo y todo aquel proceso tan largo y doloroso acababa de empezar. El desconocimiento, la rabia, las lágrimas, la sinceridad y el apoyo de todos.
La donación de las plaquetas, que mi tía siempre recordaría diciendo que 'llevaba dentro la sangre de su sobrino, gordo y bruto (yo entonces pesaba 125 kilos, aunque siempre fui princesita), y que no podía morirse por ese mismo motivo'.
Tanto dolor, tantas operaciones, tantos litros de quimioterapia, todo ese sufrimiento que padeció la tía Isa para terminar venciéndose.
La última que fui a mi tierra y estuvo nevando. Me dijo que fuera a casa rápido porque me tenía que volver a madrid. Estaba muy lenta, muy apagada, pero sobre todo la vi vencida, triste, cansada. A pesar de ello le pude arrancar alguna sonrisa, porque sé hacerlo. Es mi papel, hacer feliz a los demás.
Dos semanas después empezó a ponerse muy enfermita. Mamá me dijo que fuera, sino no la vería con vida. El viernes llegué, pasó también el Sábado y me llamó mamá diciendo que se quedaba con su hermana porque se encontraba muy mal. Habían estado los hermanos juntos, además de su hija Beíta y el tío Juancho allí.
Yo a las 12 de la noche me fui para su casa. Fui directo al cuarto donde dormitaba. Ya estaba inconsciente, pero jadeaba raro, complicado, sin respirar. Había estado así todo el día. El doctor les dijo que se moriría cuando supiera que no estaba ni Bea ni su marido.
Acostada, sin peluca (porque no pudo recuperar el pelo desde hacía años), con la carita tan blanca de madrina... Bea se puso a llorar, le dije que no lo hiciera que su madre nos escuchaba y que no le gustaría. Me dijo que ya le había garantizado el médico que no nos escuchaba. Antes de quedarse así no había hecho más que repetir que quería irse con el abuelito al cielo.
Me senté en la cama y me acosté a su lado. Le cogí la mano inerte, Bea me dejó solo con ella y no dejaba de respirar igual de mal. Le acaricié la cabeza, le dije muchas veces que la quería. Pero que se relajara, que dejara de respirar, que no luchara más porque no podía salir ya, pero que quedábamos bien, yo estoy muy feliz en Madrid, le dije, mamá se recupera de lo de Papá poco a poco, Bea tiene su negocio, tu nieto es feliz, déjate descansar tía, te lo mereces, relájate, descansa, que no vas a estar sola (esto también se lo dije a papá en sus últimas horas), estaremos todos contigo.
De momento 10, 13, 16, 18 segundos entre cada inhalación de aire, dejó de jadear y sentí que me hacía caso y se dejaba morir. No pude hablar, sólo pude marcar el teléfono de Bea para que viniera corriendo desde el comedor y cuando llegó le dije: Se está muriendo...
Mamá se echó sobre su hermana y la abrazó, la tocó, la besó. Neus, Bea, su marido, el tío Juancho y yo estuvimos delante de la cama mirándolas. Respiró una vez más y se apagó su vida.
De película.
Pienso en ella algunas veces, pero no tengo tanto dolor como con papá, porque sé que murió bien, relajada y me hace sentir importante esto.
Es la primera vez que se muere alguien en mis brazos, pero me deja con una calma que no puedo describir. Ojalá mi prima pudiera sentirse igual.
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